
Nuestro mundo está viviendo una etapa de confusión de valores donde ya no nos importa el estado de las cosas y cómo suceden a nuestro alrededor; de hecho, lo que es legalmente aceptado discrepa en gran medida de lo que es aceptado como bueno y santo en las escrituras.
Es necesario regresar a nuestros antepasados y rescatar toda esa sabiduría, volviendo a nuestra verdadera esencia, nuestro origen divino. Esto nos va a ayudar a darle un sentido trascendente a nuestra vida, a través de concientizarnos de que no solo somos materia: nuestro cuerpo solo es una envoltura la cual envejece y al final lo dejaremos, y solo quedará nuestra parte inmortal y más valiosa: nuestro espíritu. En ese sentido, debemos buscar y trabajar en cosas trascendentes para salvar nuestra alma.
Tenemos una mente consciente y otra inconsciente, pero no nos confundamos: una cosa es la mente y otra es el espíritu. La mente solamente es el software de la computadora que es nuestro cerebro.
El espíritu es la parte de nosotros que trasciende, cuando dejemos de existir y nuestra alma ascienda a otro plano superior con nuestro padre Dios, siempre y cuando hayamos cumplido con nuestra misión aquí en la tierra. Por tanto, debemos alimentar nuestro espíritu con buenas obras porque de eso depende que seamos salvos.
Actualmente la juventud se está perdiendo en las cosas del mundo; comportamientos mundanos que atentan con las buenas costumbres y en ocasiones contra nuestra propia vida y con la de nuestros semejantes. Esto nos lleva a vicios, al sexo fuera del matrimonio y otros pecados. Por eso es necesario no solamente predicar y orientar, sino ser actores activos en vigilar estos comportamientos en nuestros hijos para poder identificar a tiempo y prevenir que el demonio los tiente y caigan dentro de sus garras.
Sabemos que no hay un control adecuado en los sitios donde acuden y en cualquier momento pueden ser tentados y caer. Quizá sea necesario tener acciones de intervención y prevención en estos sitios, así como cuando un automovilista es multado por no cumplir con los reglamentos de tránsito: ser más estrictos y reglamentar estas situaciones incómodas, pero que son el lugar donde se dan estas situaciones de venta ilegal de drogas o narcóticos como el fentanilo, que no solo destruyen el cuerpo sino la mente de los adolescentes y que los hace dependientes, como lo hemos visto ya en múltiples reportajes en EE. UU.
Algunos los ingieren en sus bebidas y a veces sin darse cuenta. Quizás un mejor control de los antros o bares, sobre todo en aquellos jóvenes que apenas entran a la adultez. Sabemos que ahí es más frecuente donde se adquieren esos vicios y no hay un control adecuado.
Tenemos como padres la obligación de educar e informar a nuestros hijos sobre este flagelo que es como el demonio mismo entra a nuestras comunidades y familias destruyéndolas, ya que es una enfermedad que involucra a todo el núcleo familiar trastornando la dinámica familiar.
Creo que debemos ser más conscientes de este flagelo que no respeta clases sociales y los adolescentes son los más expuestos.
Por otro lado, nosotros como padres tenemos la obligación de mantener unida la familia a través del cariño, el amor y la comprensión; el proveerlos de acuerdo a nuestras capacidades de todo lo necesario para que vivan en un ambiente que les permita desarrollarse como seres psicológicamente sanos, ya que muchos de los problemas mentales y traumas se gestan dentro y durante su crecimiento en el núcleo familiar.
Y en el caso de la falta de un padre o una madre, poner atención y crear grupos de apoyo en estos casos, ya que ahí se da el estado ideal que desencadena la falta de integración no solo en el núcleo familiar sino en la comunidad, que a la larga podrá darse después en la familia que ellos, nuestros adolescentes, formen. Por eso no solo es necesario educar en la palabra, sino también en el entorno al que están expuestos.
Nadie tiene todos los recursos para erradicar estos problemas, pero es nuestra obligación ser partícipes y tener la disposición de ayudar a nuestros hijos para que no sean envueltos y caigan ante estas tentaciones; y qué mejor en nuestra comunidad cristiana donde el amor, la fraternidad y la buena voluntad debe prevalecer.
Bendiciones a todos mis hermanos en Cristo.



El Dr. Juan Ramón García Hernández no solo es un médico, es un sobreviviente, un testigo y un guía.